domingo, 3 de abril de 2016

EL DELANTERO DE PERON




Después del golpe militar de 1955, el futbolista Elio Montaño siguió defendiendo a su líder: Juan Domingo Perón. Aunque fue perseguido por la dictadura de Aramburu nadie puede quitarle el recuerdo de aquella navidad que pasó con El General durante su exilio panameño. Esta es una historia olvidada. La historia de un abrazo y de un futbolista de la Resistencia.

Aquella tarde de 1950 el General Perón tenía las manos extendidas. La cancha de Racing rebosaba de público y Evita saludaba a los descamisados como una estrella de cine. Todo el Estadio se había fundido en una ovación. Muchos obreros, cabecitas negras y changos del interior, miraban, por primera vez, un partido de primera desde las tribunas.

Era el último sueño cumplido: después de la casa propia, el descanso dominical y las negociaciones colectivas había llegado el domingo de fútbol para los trabajadores. La mano del General Perón parecía una mano generosa.

Elio Montaño, el delantero estrella de Huracán, lo sabía bien. Evita le había regalado a su vieja su primera máquina de coser en 1947. Dos años antes, mientras el General hacía campaña por los pagos de Casilda, el jovensísimo Elio se acercó a darle la mano. Lo que recibió, a cambio, fue una pelota de cuero. Algunos llamaban a eso dádivas populistas. Elio lo llamaba justicia.

Cuando debutó en Huracán, en 1954, ya era una estrella. Había despuntado como wing derecho en Newell´s en 1949 y pateado para Boca entre el 52 y el 53. Un pelotazo en la jeta en sus años boquenses, le valió el apodo de El tuerto. Y, aunque también lo llamaban El Loco, él prefería ser considerado como El Peronista.

Para alguien como él, con el corazón tatuado a fuego de veinte verdades, el General era sagrado. Por eso, ese 16 de Septiembre de 1955, en el que las bombas cayeron sobre la Plaza de Mayo, Elio lloró. Perón se iba y los gorilas de la Revolución Fusiladora ganaban de nuevo el poder para los mismos de siempre.

Pero la revancha, al menos en el caso de Elio Montaño, siempre llamaba a la puerta. Entre melancolías y resistencias había llegado diciembre. Huracán debía salir de gira para Panamá para disputar cuatro partidos amistosos. Elio no lo sabía pero aquel fin de año le deparaba una sorpresa. Por las páginas del diario panameño La Estrella se enteró de la presencia del ex Presidente en la ciudad de Colón. Después de jugar todos los partidos amistosos, Montaño decidió hacer lo que haría cualquier peronista de ley: ausentarse de la concentración de su club. Tomó un taxi en medio de la oscuridad y partió raudo hacia su destino. Cuando llegó a la posada en la que vivía el General, ya era de madrugada.


Lo tuvieron varias horas esperando hasta que, finalmente, la puerta se abrió.

-¡Montaño, que sorpresa! ¡Que alegría verlo por aca! – dijo Perón, con su voz rancia y casposa. El General estaba en bata. Detrás suyo conversaban y tomaban whisky Roberto Galán y Américo Barrios.

El abrazo entre el delantero y el ex presidente duró casi un minuto. Y la que iba a ser una visita de horas se convirtió en estadía completa. Montaño pasó su primera navidad verdaderamente peronista.

El 26 de Diciembre tuvo que emprender la vuelta. Sin un mango en el bolsillo, Perón volvió a darle una mano. Le pasó un sobre: Vaya, cómprese el pasaje, mi amigo. Y mándele un saludo a los muchachos.

Al llegar a Buenos Aires, en pleno Aeropuerto, lo detuvieron tres agentes de la Secretaría de Inteligencia del Estado. Lo subieron a un Ford y se lo llevaron.

Montaño se quedó un buen rato en una sala oscura. Solo, frente a una mesa de madera vencida, el Dictador Aramburu lo observaba desde un cuadro colgado en la pared. Al rato, entró el Jefe de Servicio. Se sentó en una silla de patas metálicas parecida a la de las escuelas y comenzó el interrogatorio.

-¿Qué carajo te dio Perón? – lanzó el milico.

-Nada – respondió el delantero. No me dio nada.

La tensión comenzó a aumentar con esa pregunta repetida que retumbaba en los oídos de Montaño. A la hora, exhausto y rabioso, el Jefe de Servicio salió de la habitación.

-Lo voy a dejar solito para que medite, amigazo. Cuando vuelva me va a cantar todo.

Quince minutos más tarde, el agente volvió a entrar. Golpeó la mesa y lanzó un grito.

-A ver hijo de puta, ahora me vas a decir que carajo te dio Perón o te reventamos a tiros – lanzó, mientras lo tomaba de la camisa.

Más cansado que temeroso, Montaño se levantó de su silla. Sonrió y extendió las manos.

¿Usted quiere saber que me dio el General Perón?
Esto, esto es lo que me dio. – dijo acercándose al agente para abrazarlo.
-Me dio un abrazo. Eso es lo que me dio Perón.

El servicio salió, un poco caliente, del pequeño cuarto. Al rato unos agentes más jóvenes le comunicaron al futbolista que podía irse. Eso sí, de lo que pasó acá, no vas a hablar. No sea cosa que te pase algo, fue lo último que escuchó esa tarde.

Montaño volvió a las canchas. Para unos, con el estigma del peronismo. Para otros, con la gloria de la resistencia. El gobierno militar ya le había prohibido jugar los Panamericanos de México en 1955 con la camiseta de la Selección Argentina. Sin embargo, siguió su carrera en Rosario Central y en Boca. Cuando la embocaba los compañeros gritaban: ¡Perón, Perón!. Cuando erraba, los gorilas lo insultaban desde la tribuna.

Hoy tiene ochenta y seis años. Vive, entre recuerdos y el alzheimer, en un geriátrico de Almagro del que, se dice, se escapa algunas noches para conectar con el pueblo. Se lo ve en los bares y las plazas. Y alguna vez se lo vio también en la cancha de Huracán en Parque de los Patricios. Quería contarle su hazaña a los pibes.

Relata cómo un día fue hasta Panamá para darle un abrazo a Perón. Habla de un brindis, de una Navidad, de una resistencia que recién empezaba. Pero todos, incluso los viejos, lo miran extrañados.

Pipo y el Chino
Los Caniches de Perón

2 comentarios:

  1. Gracias, hermoso recuerdo y muy bien narrado....

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  2. Historias como esta explican porqué vamos a volver.

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