lunes, 17 de enero de 2011

LA HAZAÑA DE VITO DUMAS NO FUE PERDONADA POR LOS GORILAS DE LA ARMADA.

de Federico Sironi

Vito Dumas: la leyenda del innombrable

A través de los mares imposibles


Prejuicios populares, envidias y rencores políticos tejieron en torno de Vito Dumas una leyenda negra que silenció por décadas su nombre y sus hazañas. En 1942, fue el primer navegante que en solitario y por la ruta del Cabo de Hornos, dio la vuelta al mundo.

Marina Garber

Un documento gráfico e inédito del navegante solitario el día de su partida, en 1942. Su travesía de 274 días alrededor del mundo, es la base de su relato autobiográfico Los cuarenta bramadores.



Arriba: su barco el L.E.G.H. II era un doble proa de 9,55 metros de eslora. Las iniciales corresponderían a las de una mujer de la alta sociedad, cuya identidad ha quedado en el misterio. Por pura obra del azar, 1942, año en que el primer navegante solitario argentino inició su viaje alrededor del mundo, es anagrama de aquel en que Cristóbal Colón llegó a América. A Vito Dumas –hijo de inmigrantes italianos, nacido con el siglo en el barrio porteño de Palermo, nadador, pionero en múltiples áreas y hazañas, empecinado, parco, galante, eximio timonel, amigo de los temporales– le gustaban las coincidencias, especialmente en materia de números.


Y el dato no le habrá resultado indiferente cuando se propuso circunvalar el planeta, solo en un pequeño velero, por la llamada “ruta imposible”, a la altura de los 40 grados de latitud sur.


Estaba obsesionado por esa línea temible e imaginaria que pasa por Buenos Aires, Ciudad del Cabo, Wellington y Valparaíso, y que regresa, circular, al Río de la Plata tras doblar el mítico Cabo de Hornos. La Segunda Guerra Mundial, lejos de amedrentarlo, le sumó a su proyecto una justificación ética: demostrar, mientras “un soplo de espanto arrasa al mundo”, que “no todo está perdido, que aún quedan soñadores, románticos, visionarios”, como escribió antes de partir.


Por temor o cautela, la Prefectura argentina se negó a firmarle los documentos necesarios para su viaje, por lo que debió zarpar del puerto de Montevideo. Llevaba diez libras esterlinas en el bolsillo, una buena provisión de tabaco, setenta kilos de papas y otros alimentos generosamente donados por amigos y admiradoras. Sus pocas pertenencias, relata en su libro Los cuarenta bramadores, incluían una “magnífica muda de ropa interior de pura lana” proporcionada por un amigo llamado Weber, un gorro y un par de guantes suministrados por la revista El Gráfico. Esos fueron sus sponsors, además de sus amigos de la YMCA de Buenos Aires, un almacenero del Bajo Belgrano y los timoneles del Club Náutico Buchardo, que ayudaron en el trabajo de preparación de su barco: el L.E.H.G. II, un “doble proa” de 9,55 metros de eslora que demostró, durante la travesía, ser tan aguantador y marinero como su capitán. Hombre y barco recorrieron juntos 20.420 millas marinas, que es lo mismo que 38 mil kilómetros, en 274 días, navegando siempre rumbo al amanecer.

“Para el cruce del Cabo de Hornos, llevaba diez libras esterlinas en el bolsillo, setenta kilos de papas, una buena provisión de tabaco y alimentos donados por amigos y admiradoras.”




La gloria y el silencio
El arribo de Vito Dumas a Mar del Plata en julio de 1943, tras completar la etapa más difícil de su viaje (el cruce del Cabo de Hornos), logró opacar, al menos por unos días, las noticias que llegaban a la Argentina desde los frentes de guerra. El diario Crítica le dedicó a la hazaña del navegante tres de las diez páginas de su edición. Las crónicas lo ensalzaban; lo llamaban “el héroe silencioso”, “el domador de olas”, “el vencedor de los mares”.


El 8 de agosto de 1943, tras atravesar incontables peligros, Dumas entró triunfalmente al puerto de Buenos Aires. Un cronista de la época estima en 50 mil el número de personas que ocuparon la Dársena Norte para recibirlo. Pero eran millones los que habían seguido, a través de la radio y los diarios, sus aventuras. Ese domingo de agosto fue un día de fiesta nacional, y la consagración de un héroe.


Pero había quienes se resistían a aceptar su popularidad. Especialmente en el Yacht Club Argentino, hábitat natural de una élite que había hecho de la navegación deportiva una de sus señales de identidad. Desde que, en 1931, Dumas sorprendió al mundo cruzando el Atlántico en solitario, la aristocracia náutica lo consideró un intruso. Un ignoto representante de la plebe que ni siquiera tenía título secundario y que había osado profanar su feudo convirtiéndose, además, en la figura más popular del momento.


Casi como un juego, nacieron los primeros rumores: Dumas estaba loco, tenía mala suerte y la convocaba, la mera mención de su nombre provocaba varaduras y naufragios. Algunos aportaron brumosos ejemplos, pruebas de lo indemostrable. Otros las repitieron. Lo que empezó como una broma terminó adquiriendo una dimensión y una fuerza que ni la mejor planeada de las conspiraciones hubiera podido lograr. La leyenda encontró terreno fértil en rencores de clase y rivalidades políticas, y su arraigo fue sorprendentemente duradero. Hasta bien entrada la década del 90, Dumas seguía siendo “el innombrable”. La prohibición de mencionar su nombre se enseñaba, en los cursos de instrucción, junto con los primeros rudimentos náuticos. Y sus hazañas fueron borradas de la historia, o de los relatos que, sobre la historia, hicieron quienes tuvieron el monopolio de contar cómo fueron las cosas.


Dos mitos argentinos: Luis Angel Firpo, “el Torito de Mataderos”, con Vito Dumas en 1947. A los marinos, Dumas nunca les cayó del todo bien, pero la hostilidad se tornó odio en 1949, cuando Perón lo nombró Teniente de Navío de la reserva de la Armada y le ofreció la dirección de una flamante Escuela de Náutica Deportiva. Fue un gesto de reconocimiento, pero también una jugada política: Perón sabía perfectamente el efecto que provocaría dentro de la Armada la presencia de un “civil con uniforme” a su lado. Dumas, en cambio, fue, en los asuntos políticos, un poco cándido. Si tuvo alguna mala suerte, fue que su historia se cruzara con la historia política argentina en encrucijadas complejas que él, entregado como estaba a sus sueños, siempre pensando en la siguiente singladura, apenas vislumbró. El 17 de octubre de 1945, navegaba frente a las costas de Río de Janeiro y no sospechaba los cambios profundos que se estaban produciendo en el país. Vivió el período peronista como un tiempo de justo reconocimiento a su figura y –nueva casualidad– el 16 de septiembre de 1955 también lo encontró navegando, esta vez en el Atlántico Norte y en el más terrible de sus viajes. Pasó varios días en la región ecuatorial sin viento ni agua potable.


Sufrió una grave deshidratación y tuvo que recalar en Bermudas, donde fue hospitalizado, con síntomas de escorbuto y una presión máxima de 28. Los médicos le recomendaron que no volviera a navegar, pero él siguió su ruta.


Tras enfrentar su última gran prueba (el huracán Ionne, que lo alcanzó muy cerca de la costa estadounidense), cumplió su sueño de arribar al puerto de Nueva York. En esa ciudad permaneció, enfermo, sin dinero ni proyectos, afligido por el golpe de Estado, los bombardeos a Plaza de Mayo y otras noticias que le llegaban desde la Argentina, durante casi un año. Vendió su barco y regresó a Buenos Aires en un carguero. En el país lo esperaba la soledad, pero no la del mar, que tan bien supo disfrutar, sino una más triste. Había quedado pegado al peronismo sin haber sido peronista, y desde 1955 hasta su muerte fue condenado a un exilio interno.


Murió el 28 de marzo de 1965, a los 64 años. Sólo cuatro buenos amigos, además de sus familiares, fueron a su entierro. Dejó los relatos de sus aventuras –realizó, como Colón, cuatro grandes viajes, y todos extraordinarios– y algunos misterios, como la identidad de una dama de la alta sociedad que lo amó y lo acompañó (L.E.H.G., nombre de sus dos primeros barcos, serían las iniciales de esta señora). Inventó técnicas de navegación con mal tiempo que luego fueron imitadas por marinos de todo el mundo. Nunca escapó de los temporales: le gustaban porque, decía, la lucha es vida. En cambio, lo aterrorizaba la inmovilidad. “Antes dije que lo peor era el frío –le dijo al llegar a Mar del Plata a un periodista de Crítica–. No. Rectifico. Lo peor es la calma. Hay días terribles. No es solamente que el barquito se detenga a esperar los vientos propicios. Es la calma en sí. El terrible vacío ése”.

El mejor navegante argentino, el navegante solitario que navegó por "la ruta imposible" bajo los cuarenta bramadores, fue solo reivindicado por el General Juan Domingo Perón, y luego de la fusiladora fue silenciado de una manera cruel. Escribo aquí sus palabras: VOY, EN ESTA ÉPOCA MATERIALISTA, A REALIZAR UNA EMPRESA ROMÁNTICA, PARA EJEMPLO DE LA JUVENTUD. Aunque disiento en muchos aspectos con la nota que precede este breve comentario, la dimensión de Vito Dumas es tal, que cobra una dimensión propia, independientemente de los preconceptos de quien la escribió.

Federico Sironi

2 comentarios:

  1. Che, Caniches, El torito de Mataderos le decían a Justo Suárez. A Luis A. Firpo se lo conocía (en U.S.A.) como El toro salvaje de las pampas.

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