miércoles, 28 de enero de 2009

ORURO, KUSCH, EVO y LA ESENCIA DE AMÉRICA


Por PABLO CINGOLANI

Desde La Paz, Bolivia
Especial para “Los Caniches de Perón”

Ya Carlos Montenegro lo había sintetizado de manera magistral en su obra Nacionalismo y Coloniaje. O vemos las cosas bajo la óptica oscura, distorsionada y sesgada del colonialismo que nos imponen desde afuera o las vemos a la luz liberadora de la patria, de nuestra propia mirada, arraigada en nuestra historia, nuestra gente y nuestra tierra. Eso sucede con el escenario inicial de nuestra historia: la ciudad de Oruro.

Es un lugar común oír decir (y los “lugares comunes” son la parte más preciada de la lacra cultural que representa la imposición foránea) que Oruro es una urbe gris, triste, casi muerta (en verdad, la relocalización minera neoliberal de los ochenta, casi lo logra) y que sólo revive los días de carnaval, cuando se realiza su “fastuosa” entrada folklórica que hasta fue declarada patrimonio de la humanidad por los señores de la UNESCO, y que convoca cada año a decenas de miles de bailarines y visitantes de toda Bolivia y el mundo entero.

Es indudable que una manifestación cultural como el Carnaval orureño, que desborda y contagia una energía cultural poco usual en estos tiempos de uniformidad televisiva impuesta por la globalización norteamericana, no sólo merece la honra patrimonial y representa de manera entusiasta a la ciudad enclavada en el altiplano, pero si vemos a Oruro iluminada desde la necesidad de fortalecer una cultura nacional, una cultura nacional que ayude a realizar nuestra vida en tanto hombres y mujeres dignos, desde esa perspectiva que debemos asumir incluso y sobre todo porque nos hallamos embarcados en un proceso de cambio que ha sido bautizado como “Revolución Democrática y Cultural”, Oruro, la amable ciudad donde vive mi amigo del alma Ricardo Solís; Oruro, la capital y todo el departamento que lleva el mismo nombre, son muchas otras cosas más. Veamos.

No recuerdo bien la fecha, tal vez el año 2003 o el 2004. Gracias a una invitación que recibí del entrañable maestro que es don Rolando Costa Arduz, un día ―una tarde en un departamentito, despojado y frío, en Sopocachi, ciudad de La Paz , para ser más precisos― conversamos largas horas hondamente con don Héctor Borda Leaño, poeta de toda una vida, hombre de izquierda pero, por sobre todo, un amador de Oruro, su tierra natal, y de sus tradiciones y expresiones culturales.

Estuve allí con una misión poco piadosa frente a un hombre que cargaba ya los achaques de la edad: remover cenizas, a ver si encendíamos un fueguito que parecía olvidado. Se trataba de memoriar esos años briosos de finales de la década del sesenta y de la Universidad Técnica de Oruro. Sabía, por referencias bibliográficas y porque algo me había contado Florencia, que la UTO de entonces había albergado en su seno a su padre, el filósofo y profesor argentino Rodolfo Kusch. Rolando, acuciado por el recuerdo de alguien a quien trató vagamente en alguna de sus estancias en la hoyada, me instó a conversar con Borda, para salirnos de dudas, “porque él sabe todo sobre Oruro”. Don Héctor, sorprendido y agradecido por lo inusual de la visita, se despachó largo rato contándonos sus recuerdos, refiriéndose no sólo a Kusch,[1] sino a Vacarezza, a De la Quintana : a los hombres y mujeres que convirtieron a la UTO de los sesenta en una trinchera donde se revalorizaba y se defendía como una herramienta de liberación social a la cultura popular y la filosofía indígena americana.

Luego vino el anticlímax (sentir la verdad en términos de existencia incluye lo peor, anotó Kusch) y el gran Borda Leaño se derrumbó en la nostalgia y en la amargura de haber estado exiliado en Suecia más de dos décadas, consecuencia de la persecución política. Habló pestes de Estocolmo, del clima, de la comida, de los suecos, incluso de las suecas, de todo: aborrecía, una y otra vez, haber permanecido tanto tiempo lejos de su tierra. Me hizo prometer que nunca me iría de los Andes, de Bolivia, de América.[2] La mística de ser sudamericano inundó la sala y nos abrazó a todos los presentes.

De eso, de la mística y de la esencia de América, hablaba Kusch en las aulas orureñas. Había nacido en Buenos Aires en 1922 y ya había escrito y publicado un vendaval de libros. Libros que tenían que ver con su hallazgo, sus pasos y sus pesquisas en los Andes. De ahí que la presencia de Kusch en Oruro no era casual. Tenía amigos, varios, y ellos lo invitaron, entre 1967 y 1970, a que dictara cursos sobre filosofía y pensamiento indígena en la UTO.

La convergencia en la reivindicación de lo nuestro ―en la recuperación del sentir y vivir la esencia americana― entre el argentino y un grupo de pensadores e investigadores orureños[3] tampoco era casual. Las Jornadas de Abril y la Revolución Nacional en Bolivia, el 17 de octubre y el peronismo en Argentina, habían marcado un camino de acercamiento al pueblo para muchos intelectuales. Aquí en Bolivia, queda por estudiar más a fondo esos años y cómo se muestran como un puente entre el nacionalismo revolucionario de los años cincuenta y el resurgimiento del indianismo y el katarismo en la década de los setenta, frente a la crisis del MNR y la irrupción brutal del militarismo pro yanqui, cuando ya fueron los propios indios los que volvieron a alzar la bandera de la igualdad entre los pueblos, sin racismo ni exclusiones.

Quedan por indagar esos años cuando a Oruro se la valoraba como “una especie de centro de Sudamérica”, porque allí se entrecruzan los espacios geoculturales aymara y quechua, y ambos con el modelo occidental. Debieron ser momentos cargados de un magnetismo especial los vividos allí. De florecimiento. Un dato que me estremece, por la casi sincronía, es que el primer curso de filosofía indígena dictado por Kusch en Oruro fue clausurado el 6 de octubre de 1967. Dos días después, en una quebrada de monte seco, al otro lado de Bolivia, el Che caía prisionero de los militares y de los yanquis. Al otro día, lo asesinarían.

Volvamos a Oruro, pero esta vez al Oruro profundo, al de las comunidades indígenas que estudiaban Kusch y los otros. Algunos años atrás, el 26 de octubre de 1959, había nacido otro bebé en la familia Morales-Ayma de la comunidad Isallavi, del ayllu Sullka, del cantón Orinoca, de la provincia Sud Carangas. Lo llamaron Juan Evo. Escribí tres años atrás:

“¡Sarjam karisiri! (¡Vete karisiri!) ―habrá dicho el pequeño Evo en las gélidas noches de Isallavi. Orinoca ―según el historiador Antonio Paredes Candia― era famosa por la existencia de un devorador de grasa humana, de un karisiri.

Situada en el corazón del gran señorío aymara de los Karangas, Orinoca y sus ayllus es altiplano andino puro y duro. Las tradiciones de la cultura andina siguen conviviendo con el rigor de una existencia dramática y severa. Evo tuvo siete hermanos de los cuales solamente sobrevivieron tres. ¿Qué soñaría el niño que caminaba junto a su padre Dionisio arreando de vuelta las llamas cargadas de maíz que habían llevado hasta el valle en busca de alimento para todos los habitantes de su comunidad, que de otra manera se hubieran muerto de hambre? ¿Qué soñaría mientras caminaba y caminaba rumbo a Orinoca recogiendo y chupando las cáscaras de naranja que los pasajeros de los buses arrojaban a la carretera a la altura de Confital? ¿Soñaba con ser Presidente de la República? ¿O soñaría con el karisiri? ¿Qué soñaría tras que su madre María le sirviera su plato preferido, una “lawita de jankakipa” (una sopa hecha en base a maíz), una comida tradicional de las comunidades indígenas del altiplano central? ¿Con la presidencia o con el karisiri?”[4]

Estoy seguro que el niño Evo soñaba con el karisiri. Pero, desde hace tres años, es el primer presidente indígena de la historia de Bolivia. Y encabeza la llamada “Revolución Democrática y Cultural” que hoy está de cumpleaños. El contrapunto se vuelve inevitable:

“Si esto que hemos estudiado como Filosofía Indígena no lo retomamos a nivel de comunidades y no tratamos de llevarla a fondo, todo lo que hemos estudiado no pasa de ser un juego inventado por intelectuales ociosos…” ―las palabras de despedida de Kusch al curso orureño, cuarenta años atrás, se tiñen de inexcusable profecía: “Si yo dijera ahora que el estilo de vida en América me parece que está en el estilo de vida del campesino de Carangas pueden ocurrir dos cosas: unos se reirán y otros creerán en lo que acabo de decir. Pero les advierto que el que se ríe de esta afirmación lo hace por cobardía. Porque suponer (…) que ese campesino que se ve cuando uno se interna con el camión en Carangas, que ese tiene el secreto del sentir de la vida en América, implica asumir un margen de responsabilidad que muy pocos quieren asumir. Es que tenemos que ser sinceros: somos profundamente cobardes para emprender una empresa tan grande…”. El profesor se exalta, se inspira y agrega: “Saber de un camino de esta índole (…) trasciende a nuestros hijos y a nuestros nietos. Es la época de una nacionalidad. Digo más, es la mística de ser boliviano, pero sin patrioterismos gratuitos e ingenuos, ni esquemas prefabricados, sino desde las raíces mismas del campesinado… Significa, ante todo, una misión y una mística que Sudamérica está esperando de ustedes. Yo mismo estaré esperando en esa Buenos Aires llena de timbres eléctricos, coches último modelo, con su sinnúmero de calles empedradas, con sus cartelones eléctricos, ahí mismo estaré esperando ese mensaje que ustedes están obligados a dar a Sudamérica”.[5]

Algo ha cambiado y la profecía se cumplió: Evo es el mensaje.

Más allá de acaloramientos políticos coyunturales, en la búsqueda de esa esencia americana, de esa cultura nacional que oxigene la vida y no la asfixie como lo hace el colonialismo, Evo es el mensaje.

En Sudamérica, es preciso asumir lo indígena. Si no queremos terminar viviendo en un museo o en un decorado agringado de película barata, el sentido de la vida de cada uno de los bolivianos, de los argentinos, de los sudamericanos, pasa por ahí: por reafirmar y/o entender y asumir lo indígena, lo popular, lo nuestro, lo que nos vuelve singulares y, a la vez, universales. Entender también que hoy el indígena en muchos países del continente sigue siendo pisoteado, hacinado, humillado, despojado de la tierra, arrinconado en los márgenes de la gran ciudad, porque para las autoridades siguen sin existir como tales. Y esto, claro, hay que luchar para cambiarlo.

Una anotación imprescindible para acabar este texto: en febrero de 1970, cumpliendo lo proclamado en sus discursos académicos, campesinos del distrito de Challavito, Provincia Saucarí, Departamento de Oruro, concluyen como alumnos otro de los cursos dictado por Kusch en las aulas de la UTO. “No debe existir en los anales de la historia cultural de nuestro país otro caso insólito como el presente” dijo Jorge Calvimontes con referencia al mismo, en las páginas del periódico La Patria de la ciudad altiplánica.[6] Hoy, en una Bolivia que fecunda, lo insólito se ha vuelto cotidiano e irreversible.

Río Abajo, 22 de enero de 2008


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[1] Don Héctor no recordó que le había dedicado un poema: Así estamos, a Rodolfo Kusch y a su niño rubio que tiene nombre de Dios. Bolivia, 1967, 1 p., mecanografiada, según consta en Rodolfo Kusch: Obras Completas. Tomo 1. Ed. Fundación Ross, Rosario, 2000, pág. XXV.
[2] Y lo hice, porque estábamos hablando entre hombres, y prometer esas cuestiones, es de hombres. Vaya mi homenaje para don Héctor Borda y la certeza que me brindó una lección ejemplar sobre cultura nacional y la demostración más descarnada que sin la tierra de uno bajo los pies, uno no es nada, y que eso no podré olvidarlo jamás.
[3] Vale la pena rescatar los nombres de algunos de ellos: Josermo Murillo Vacarezza, Antonio de la Quintana , Flora Herbas de Verdugués, David Segundo González, Eduardo Arce, Olimpia Quiñones, Hugo Salvatierra Oporto, María Lourdes de Forest, Marcelino Alconz Mendoza.
[4] Pablo Cingolani: Una biografía coyuntural y urgente: El poder que viene de Orinoca. En: El Juguete Rabioso, La Paz , Año 5, N° 144, 11 de diciembre de 2005.
[5] Rodolfo Kusch: Palabras pronunciadas en el Acto de clausura del Cursillo de Filosofía Indígena, Oruro, 6 de octubre de 1967. Tomado de: RK, Obras Completas, Tomo 4, págs. 297-303[6] Jorge Calvimontes: Campesinos, filosofía y universidad. La Patria , Oruro, 1 de marzo de 1970. Tomado de RK, Obras Completas, Tomo 4, págs. 323-327.

1 comentario:

  1. Gracias Compañero Pablo Cingolani,
    Rodolfo Kusch es el filosofo de cabecera de Los Caniches de Peron, y usted compañero tiene un lugar en nuestra cucha, para publicar lo que quiera compartir con los caniches que visiten nuestro espacio.
    Basta del chamuyo "venimos de los barcos", a nosotros nos parieron en esta tierra, ella nos cobija y nos da de comer; de "los barcos" bajan quienes nos quieren saquear.
    Un abrazo Compañero!

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